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Soldados muriendo por nuestra libertad
Mi ejército y sus soldados caídos defendiendo nuestra libertad, merecen respeto y no podemos permitir que pisoteen su memoria con una falsa y mezquina condena por genocidio, porque ellos, antes y después de ser soldados, eran indígenas y campesinos de verdad, no de los que sólo se colocan sombrero y toman el machete para ir a bloquear carreteras para que les regalen lo que deberían estarse ganando con su trabajo.
 
 
 
 
 
Un viaje de temporada
Un viaje al interior… de Guatemala y de la mente.

Llegó el verano de 2013, Guatemala sigue igual, noticias de violencia trágica por doquier, mis hijos creciendo y mis pensamientos giran en torno a esa plática con mi compañero de trabajo acerca de escribir la historia de un soldado.

¿Por qué en lugar de pensar en el descanso que me espera, pienso en las injusticias que quisiera evitar?   ¿Por qué me interesan los asuntos de otros si es más fácil vivir atendiendo los míos?

Me siento confundido, porque debería enfocar mi mente en los asuntos de mi trabajo, mi familia y religión, pero no, no me puedo concentrar en los últimos años.  ¿Acaso llamamos “ser realista” a esa apatía ante muchas cosas que nos corroen pero sabemos que no las podemos cambiar?  ¿Cuándo comprenderemos que, con el solo hecho de manifestar nuestra radical inconformidad acerca de las injusticias, estamos procurando la justicia?

También me cuesta comprender por qué, todo un ministerio está en líos con unos niños mal guiados y mal criados, poniéndose de taco a taco con ellos.   Acaso no era fácil crear la carrera Magisterio-Electrónico (e-Magisterio) que incluiría en su cuarto año una serie de cursos donde el enfoque principal sería la tecnología y técnicas modernas en la enseñanza?     La otra carrera debería continuar existiendo, pero todos, incluyendo a los viejos maestros, tendrían la oportunidad de recibir los cursos del cuarto año, en  línea si lo preferían, para convertirse en e-Maestros.            Los que comprendieran lo valioso de “ese plus”, lo aceptarían de inmediato y los que no lo comprendieran o su situación económica no les permitiera aceptarlo desde ya, porque necesitan empezar a trabajar, aunque no sea como maestros, también tendrían la oportunidad posteriormente.   Paulatinamente, si ese conocimiento adicional hace la diferencia, los mismos colegios y escuelas irían prefiriendo contratar “e-Maestros” o requerirle a sus docentes que no posean esa “categoría”, que la adquieran.
 
Pero no, la psicología inversa y cualquier otra técnica para evadir la resistencia predecible, está reñida con la necesidad de algunos de “demostrar quién manda”.
 
¿Cómo piensan mis hijos? ¿Llegarán a pensar como los bochincheros que movidos por sus propios intereses gritan que lo hacen por aquellos a los que atropellan con sus acciones? ¿Les importará lo que sucede a su alrededor o sólo velarán por su propio bienestar? …   Preguntas y más preguntas vienen a mi mente y siento la necesidad de platicar con mis pequeños sobre todos los temas de los que me sea posible despertar interés en ellos.

La escuela de la vida, sin que lo procuremos, nos impartirá magistrales lecciones.  Pero muchos vivimos sin querer ver más allá de lo que comemos o queremos comer.   La vida no puede enseñarnos aquello que no nos interesa aprender y por eso, nada nos asegura que nuestros hijos aprenderán lo que deben aprender para ser buenas personas y buenos guatemaltecos.   Conviene, en mi opinión, exponer a los niños a experiencias que otros han vivido y tienen la capacidad de compartir lo que aprendieron de ellas.   Muchas experiencias tienen consecuencias trágicas y de esas, precisamente, preferimos que nuestros hijos aprendan de otros que han sobrevivido, porque nos interesa que aprendan sin exponer sus vidas.

Tal como todos lo creen, también creo entender lo que sucede a mi alrededor o al menos he intentado comprenderlo, y ahora, aprovechando que suelo obtener la atención de mis cuatro hijos cuando les digo que les explicaré algo, podría compartirles mis pensamientos y así, prevenir que les confundan con tantas formas de explicar nuestra realidad a las que estarán expuestos.  En el colegio, en la universidad o en sus trabajos tendrán que tratar con personas resentidas, amargadas, inconformes y que destilan la esencia de sus frustraciones culpando a otros de sus propias desgracias y considerando a todos los que están en mejor condición que ellos, como indignos, pero no se percibe, en ninguna de sus actitudes, la intención de volverse dignos de aquello que envidian, porque lo quieren porque sí, sólo porque sí.   También encontrarán muchas personas buenas, que viven con dignidad y si desean una mejor condición de vida luchan por ella, no la piden cual energúmenos a quienes no les importa en perjuicio de quienes y de cuántos tendrán que conseguir lo que quieren sin trabajar por ello.

Pero no es fácil tomar la decisión que debo tomar: ¿Quién quiere arruinar la infancia de sus hijos explicándoles una mezcolanza de guerra, ideologías, muerte, engaño, religión, pobreza, resentimiento, riqueza, poder, Etc.?   Nadie debería querer, pero muchos lo hacen y lo hacen de formas equivocadas, por eso me preocupa no hacerlo de la forma que creo correcta, aunque sea equivocada para otros.   Hoy, precisamente hoy, debo decidir si le explico a mis hijos lo que pienso o espero a que sean adultos para estar seguro que no les abrumaré con temas que no deberían inquietar a un niño.

Retomando lo que platiqué con Mario hace una semana:  Si un soldado les contara su historia, entonces, de una forma menos tediosa, comprenderán el punto de vista de los que no hablan por cuestión de costumbre.  No sólo conocerán lo que se dice en los medios porque escucharán a aquellos que no hacen huelgas ni bloquean carreteras.   Hasta entonces tendrán la otra versión, la de aquellos que respetan a sus muertos y sienten verdadero dolor por ellos.  Dejarán de contar sólo con la versión de aquellos que convierten a sus muertos en mercancía para obtener el apoyo y muchas veces dinero, de personas bien intencionadas pero muy desinformadas acerca de nuestra realidad.   Por eso, cuando un soldado hable, mis hijos conocerán la historia detrás de todo ese conflicto social que les rodea, y tal vez, al comprender esa cruda realidad, sean de aquellos que la desean cambiar para bien y están dispuestos colocarse la etiqueta de “Hecho en Guatemala”.

No estoy cansado de trabajar porque no me pesa el trabajo, pero estoy cansado de cargar tantos pensamientos de los que no veo caso compartir con aquel que se me cruza en la calle ni con aquellos vecinos con quienes compartimos una cena.         Tampoco quisiera echar a perder una tarde donde mis hijos compartan con los hijos de mis amigos, llevando las conversaciones a todo eso que ocupa mis pensamientos, porque podría ser que a mis amigos les guste que sus hijos compartan con los míos pero, mientras tanto, no quieran ellos sufrir mis opiniones.   Sólo algunas veces no puedo abstenerme de decir lo que pienso, cuando alguien me comenta una noticia como diciendo “analicemos esto, por qué suceden estas cosas?”.   Pero pido auxilio a la prudencia y me detengo, para que no crean que creo saber por qué sucedió, cómo podría prevenirse y todo lo relacionado con esa noticia que atrajo la atención de mi interlocutor, que tal vez, sólo quería romper el hielo y yo me vea dándole respuestas filosóficas que no le interesan.

No me pesa ni cansa trabajar porque me gusta lo que hago y la empresa donde trabajo, sino también quisiera aportar más de mis pensamientos para que seamos una mejor empresa, por eso quiero liberarme de ciertos pensamientos que no parecen ayudar a nadie.   Para liberarme de esos pensamientos, le pedí a mi jefe un descanso, le dije que no quería llegar de lunes a miércoles en esta semana santa, porque quería viajar a la costa sur, al Parcelamiento La Máquina, donde nací y crecí ayudando a mi padre en el cultivo de maíz y ajonjolí.     Me dieron permiso,  así que, tendré toda la semana libre y dos días de la próxima para volver cuando el tráfico sea más tolerable.

Todo está listo para el viaje, lo teníamos pensado desde hace dos semanas y en varias ocasiones mi esposa me preguntaba si ya le había pedido permiso a mi jefe, pero siempre le decía que todavía no, que no era el momento.   Le pedí permiso el último día, porque si ese día él veía algo del trabajo que hiciera inoportuna mi ausencia, no tuviera el compromiso previo de haberme autorizado faltar esos días, así que, en realidad había cosas que ameritaban que estuviese allí, pero al llegar el viernes, porque así lo había acordado con mi esposa, le dije.   Era probable que no se pudiera, pero ya había regresado del extranjero una persona que podría, con mucha más facilidad que yo,  darle solución a algunos pendientes, por eso, me dieron permiso, estoy de descanso.

Quiero que mis hijos comprendan esa realidad y debo encontrar, en este corto viaje, la forma de explicarles lo que me sea posible.   Ya hemos tenido otros viajes donde las pláticas han sido amenas y ni siquiera la más pequeña de seis años se ha quedado dormida y no ha dejado de emitir su opinión.

Cuatro pequeños niños en el asiento trasero me hacen reconocer la urgencia de conseguir un vehículo con tres filas.    No hay sobrepeso en ellos, por eso caben aún en ese asiento y si no me apresuro, pocos meses después, con justicia buscarán excusa para no participar en esos viajes porque se tornará muy incómodo para sus cuerpos ir apretujados, pero todavía estamos iniciando este viaje sin protestas de ellos, tal vez porque aún están cómodos o porque, aunque un poco incómodos, la ilusión de ir al campo y salir del encierro de la casa y el colegio por unos días, les compensa esa incomodidad de unas pocas horas.

Las maletas ya están en el baúl del carro.  Ya le agregamos los tres litros de aceite que el carro quema por semana y un par de días hace que pedí a los del pinchazo revisar la razón de un ruido del tren delantero a la derecha,  confirmando que no es grave, sólo para asegurarme que nuestro carro aguantaría el viaje.    De todos modos tengo ese seguro que cargan a la tarjeta de crédito para que una grúa nos ayude a finalizar el viaje.  ¡Así que, todo listo!    Las maletas, el carro y el teléfono de la grúa en el bolsillo, reconozco que un viaje no puede asegurarse más que eso, porque pasaría de ser divertido a ser estresante.   Vamos para la costa, sólo necesitamos un poco de dinero en efectivo para comprar muchas granizadas en el camino y así, colaborar un poco, con el aire acondicionado del vehículo.

Nos encomendamos a Dios, le pedimos por nosotros, nuestra familia en la costa y en todos lados, por el vehículo y porque la grúa llegue rápido si la llamamos. Ahora ya, estamos en el vehículo y es hora de partir.   Son casi las dos de la tarde, debemos apresurarnos o caerá la noche y sufrirá nuestro carro al caer violentamente en tantos hoyos que decoran la carretera de Cuyotenango a Tulate.   Nuestra familia no vive en Tulate, pero viven bastante cerca de esa playa.    Salimos de Villa Nueva, bajamos al puente Villa Lobos y retornamos para iniciar el viaje rumbo al Pacífico.   No dejo de disfrutar esa parte de la carretera, después de ocho años hecha pedazos por dos gobiernos con extrañas prioridades, ahora está muy bien y espero que permanezca así.        También me tranquiliza que llegaré hasta Cuyotenango casi en el kilómetro 170 sin temor a esos grandes hoyos que sin previo aviso provocaban la destrucción instantánea y casi total, de las llantas de vehículos que a cada poco veíamos junto a la carretera, porque ahora, después de varios años también, han reparado esas carreteras y se puede viajar con más tranquilidad, lamentablemente, afectando el negocio de las grúas.   Si, ya me doy cuenta que tengo a las grúas en mente, casi como si fuesen los ángeles guardianes de aquellos que emprenden viaje en vehículos de modelos no muy recientes.   Primero Dios, llegaremos a nuestro destino sin requerir el auxilio de aquellas.

Después de pocos kilómetros recorridos, sin apenas llegar a Amatitlán, los cuatro niños que pocos minutos antes habían almorzado y de postre recibieron indicaciones de su madre, para la estadía en la costa con la familia, se han dormido.   Sin descuidar mi camino, les doy un vistazo y solamente mi niña mayor, Lilian, intenta resistir el peso de sus párpados, poco probable que dure despierta un minuto más.

Fácil se duermen y también muy fácil despiertan, eso lo saben todos los que tienen niños.  Basta que diga: ¿Quién quiere un helado?   Y sin lugar a dudas recibiré cuatro respuestas afirmativas.   Pero no, no quiero despertarlos hasta estar seguro que platicaré con ellos, porque primero debo convencerme que se trata del momento oportuno.   Esperaré un rato más, llegando a Escuintla podré despertarles de nuevo, mientras tanto, sigo creyendo que la mejor forma de explicarles la realidad, es contarles una historia, una historia vivida por alguien y así fue como empecé a recordar la historia que les tenía que contar.

La historia que me contó una persona que conocí hace muchos años y cuya residencia actual, precisamente nos quedará en el camino. En el kilómetro 126 debo decidir si nos desviamos a Tiquisate, porque cerca de allí, muy cerca, vive mi amigo y su historia espero que comparta con mis hijos de primera mano.

Lo pensé muchas veces. Todos están dormidos y, considerando  que tenemos más de ocho días, pasaremos esta noche cerca de Tiquisate.  Estoy llegando al kilómetro ciento veintiseis donde debo doblar a la izquierda y la sorpresa se las daré al estar en Tiquisate, un helado para mitigar el calor y salir de la sorpresa.  Al final, lo divertido, así como el inesperado final de una corta historia la convierte en un chiste, puede estar en no respetar el plan.

Estando en Tiquisate, que para mí es un pueblo que sólo comprende lo que alcanzo a ver desde la calle que lo atraviesa, me abstengo de reservar habitación en algún hotel, porque primero debo confirmar que Antonio, el que no sabe que hoy tendrá que recordar y relatar su historia de nuevo, no nos convencerá de quedarnos en su casa y, lo más probable es que nos convenza y la noche, si nos cuenta su historia, será bastante breve.

Ya despiertos todos, les digo que aproveché la oportunidad de pasar a saludar al buen amigo Antonio, que conocen muy bien porque cuando él tiene algún asunto que le lleva a la ciudad capital, nos visita y nunca llega con las manos vacías, como si fuese una regla para la gente del campo llevar algunas frutas, gallina criolla o mariscos especiales.  

- Papá, no crees que le debiste avisar a Antonio antes de venirte para acá? - Me dijo Lilian, con 10 años, intentando enseñarme buenos modales.

- Y dónde estaría la sorpresa criatura?

Sonriendo me contestó.

- Tal vez para ellos sea un susto y no sorpresa.  ¿No crees papá?

- Si, yo también prefiero avisar, porque a mi, no me gusta ese tipo de sorpresas.  - Intervino la madre en apoyo de su hija.

Quien discute con dos mujeres a la vez, debe ser muy imprudente.  Yo suelo serlo, pero ya estamos llegando y difícilmente me convencerán de volver atrás y hacer una llamada telefónica para prevenir a Antonio de nuestra visita, así que, no respondo al reproche de las montoneras y me limito a sonreírles con el gesto donde me reconozco culpable de lo que sea que me acusen, porque en ese momento estoy abriendo la puerta para salir del vehículo y apenas tienen tiempo de reír triunfantes y comprensivas a la vez, como diciendo la niña: papá no puede cambiar mamá! Y la madre con una mirada le contesta: Es caso perdido!

- Estimadísimo Antonio, qué gusto me da verte!  - Le dije al verlo salir a recibirnos.

Ya me temía que no estuviese en casa y por supuesto que después de un breve saludo a su familia el viaje hubiese tenido que continuar y como música de fondo las frases: Ya ves que conviene avisar antes de visitar a alguien?  Sólo por si acaso no se encuentra en casa, ya que no te pesa cachar desprevenida a la pobre gente.  Pero no, en esta ocasión, la fortuna me había sonreído.  Allí estaba Antonio, muy feliz de vernos o al menos lo aparentaba tan bien que no daba lugar a dudas.

- Bienvenidos! Esta es su casa! - Nos dijo Antonio, con aquellas palabras que no sonaban a protocolo.

- Decidimos pasar a saludarlos porque vamos con casi diez días de descanso para la costa. - Le dije y casi me interrumpe la chiquilla para agregar:

- Ese "decidimos" de papá, usted ya lo ha de conocer, porque nosotros veníamos dormidos cuando lo "decidimos".

Y Antonio, con una sonrisa le dio la razón diciendo:

- También he tomado decisiones de esas con tu papá, mamita, así que, no me extraña, pero: ¡Qué bueno que tomaron esa decisión! - Concluyó con una sonrisa.

Sucedió todo lo que suele suceder cuando se visita a los amigos: Nos pasan adelante, no se conforman con ofrecer sino casi nos obligan a tomar algún refresco y se habla del viaje, de la familia y de todo lo que la cortesía nos obliga a tratar, sin faltar aquella cordial invitación cuando saben que nuestra casa está lejana: Ya les preparamos dónde y hoy se quedan aquí.  Aunque sepan que uno sabe que le darán su cama y ellos... ellos verán después donde pasan la noche. Así es la gente que queremos y así deberíamos ser con ellos.

- Mira Antonio, después de la cena que nos invitaras, quiero que nos cuentes tu historia de soldado, porque cuando me contaste una parte de ella hace algunos años, en lugar de escucharla, sentí que la viví y no me he atrevido a contársela a éstas criaturas. -- Miré a mis hijos sentados junto a su madre y sin pausar continúe -- porque quiero que la escuchen de ti.

- Dura tarea es recordar, cuando has vivido cosas que deseas olvidar.

- Comprendo amigo, pero no olvides todavía, porque tal vez así evitemos ese dolor que mencionas a otros que como vos, sientan el impulso natural a ser soldados.  Por lo menos evitarles las sorpresas que te llevaste y sepan a qué atenerse.

- Digamos que sólo dramatizaba y... por supuesto que me dará gusto contarles mi historia.  Tanto me dará gusto hacerlo que me sentiré como un héroe, aunque sea en mí mente, como el caballo de las vacas vaqueras.  - Concluyó Antonio con una sonrisa que nos contagio a todos al hacer referencia a una película que mis niños y los hijos de Antonio recordaron con facilidad.

No pasé por alto las expresiones en el rostro de Esperanza, la esposa de Antonio, cuando él dijo que era duro recordar, temiendo que no aceptaría como tal vez ya lo hubiese visto negarse en otras ocasiones, pero el alivio se le notó cuando él aceptó de buen gusto relatarnos su historia.  Pero a mí, no me inquietaron los temores de Esperanza, porque yo estaba seguro que el buen Antonio no podría negarse.

El trato ya estaba hecho, después de la cena sería y en el patio de su casa. Despedí a los niños, casi los forcé a que se fueran a jugar porque no superaban esa breve etapa de timidez que sufren muchos niños cuando están en casa ajena y con niños con los que no han jugado antes.  Mis hijos conocían a Antonio pero no a sus nietos y mientras los adultos conversábamos, los niños no hacían más que cruzar miradas para ver quien iniciaba el juego. Sin importar qué juego, lo importante era romper el hielo.

Me convenía que los niños fueran a jugar, porque al caer la noche, después de la cena, sus asientos no podrían estar vacíos.

Le expliqué a Antonio la razón de mi visita con más detalles y tanto Esperanza como mi esposa, que ya parecían planificar algo en la cocina, prestaron atención con esa agudeza auditiva que caracteriza a la mayoría de las mujeres y desde donde estaban opinaban a favor y algunas veces en contra de mis argumentos.

Al final, el paso ya había sido dado.  Todo estaba preparado para que mis niños y también mi esposa escuchasen al único soldado del que supe, la historia completa, incluyendo las anécdotas de varios de sus compañeros.

Llegó la cena, los niños, por largo rato, habían corrido, gritado y parecía que apenas habían calentado motores y la cena sería una pequeña y obligada pausa que pretendían apresurar y no tuve más remedio que arruinarles la fiesta.

- Recuerden que después de la cena escucharemos a Antonio, que nos contará cómo se hizo soldado y resolverá las que ustedes tengan.

Casi los veo desinflarse, pero una mirada de la madre los hizo guardar la compostura y sólo pidieron permiso para continuar jugando después de escuchar aquella historia.  Permiso concedido, se les dijo; siempre y cuando, al terminar la historia, no fuera hora de dormir.  Seguramente creyeron que sería una historia de pocos minutos.

 
En memoria de los soldados que dieron su vida por Guatemala
y de miles de humildes hogares que perdieron un ser querido defendiendo nuestra libertad: www.miEjercito.com
 
 
 
Cuando los guatemaltecos conozcan y valoren la verdad, la patria honrará a sus soldados diciendo: Gracias humilde soldado, porque diste tu vida por la libertad de tu pueblo.
 
Condenar de genocidio a un soldado de Guatemala, es condenarlos a todos, incluso a los que murieron a manos de los que hoy pretenden esta farsa de juicio.   No importa cuántos años tengan derrochando el dinero de sus cómplices con vallas publicitarias hablando de genocidio.  Tampoco importa cuán expertos sean para mentir dramáticamente, la verdad es que nuestros soldados eran indígenas y sólo en una mente enferma puede caber la idea que se les daría la orden de asesinar indígenas.  Decir que nuestros soldados obedecían la orden de asesinar indígenas o pobres, es insultar la inteligencia de los guatemaltecos que aman la verdad y la paz.
 
 
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