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Soldados muriendo por nuestra libertad
Mi ejército y sus soldados caídos defendiendo nuestra libertad, merecen respeto y no podemos permitir que pisoteen su memoria con una falsa y mezquina condena por genocidio, porque ellos, antes y después de ser soldados, eran indígenas y campesinos de verdad, no de los que sólo se colocan sombrero y toman el machete para ir a bloquear carreteras para que les regalen lo que deberían estarse ganando con su trabajo.
 
 
 
 
 
Cuando un soldado hable
Usted comprenderá mejor, muchas cosas que sucedieron y continúan sucediendo en Guatemala, si da un breve recorrido por la mente de un soldado.

Es justo y necesario que les haga llegar esta historia que me permitió conocer mejor a mi Guatemala y a su gente.

Los seres humanos nacemos con diferentes aptitudes y nos vemos inclinados a diferentes ocupaciones, aunque algunas sean cuestionables y otras curiosamente extrañas, es un hecho que, por no ser de nuestro interés, muchas nos resultan desconocidas e incomprensibles.  

Siendo niños, estudiando primaria, casi a todos nos parecía “un poco tonto”, que un compañero soñaba, con todo su corazón, ser ayudante de una camioneta. Lo deseaba tanto que a veces hablaba de eso y no le molestaba vernos reir cuando jugaba imitando aquella forma en la que, los ayudantes de camioneta, anunciaban a gritos cada aldea o lugar al que se acercaban y al llegar a cada punto, gritaban también los pueblos por los que pasarían o el destino final de su ruta: “¡¡¡¡ CENTRO UNO -- CUYOTENANGO -- MAZATE !!!!”.  En el Parcelamiento La Máquina, muchos ingresamos a primero primaria de 8 o 9 años y aquel niño que, “ya tenía claro” lo que deseaba en esta vida, sólo resistió completar su sexto grado de primaria y en un descuido de sus padres, con casi quince años de edad, escapó para alcanzar su sueño: Lo logró y fue muy felíz con eso, mirando como un ascenso en su carrera cuando lo asignaban a una camioneta de lujo en una ruta más larga, sin mencionar la satisfacción que sentía cuando un chofer decidía enseñarle a conducir y le permitía hacerlo en ciertas partes del recorrido o en ciertos horarios.  Lo disfrutó mucho, según me contaba y, aunque parezca extraño, viajar tanto y gratis, era su deleite, aunque fuera la misma ruta, cada día la comprensiva naturaleza decidía modificar los paisajes con diferente intensidad de luz, con lluvia o con oscuridad completa y, contradiciendo a los que lo creerían aburrido, también sucedían cosas que no daban lugar a la rutina.   

Todo era, para él, envidiable, hasta que formó una familia y la necesidad de darles una mejor vida, lo llevó, con todos los riesgos que implica, a Estados Unidos, donde, como era de esperarse, con una leve variante de su sueño, trabaja conduciendo un camión, disfrutando lo que le gusta, pero recibiendo una paga mayor.   Cualquiera diría que es ridículo que alguien desee ser ayudante de una camioneta, porque parece ser un trabajo para quien no encuentra una mejor ocupación, pero un ayudante de camioneta que disfrute lo que hace, que lo haga con gusto, que trate bien a los pasajeros y que, sin que se lo pidan, ayude con solicitud a sus pasajeros que lo necesiten.  Nada, este ayudante de camioneta, absolutamente nada tiene que envidiarle en dignidad, a la más profesional de las azafatas del avión más lujoso del mundo.
 
¡Quién no aprecia a los médicos que se desvelan por descifrar y vencer enfermedades, que lloran al perder a un paciente por falta de pericia y no sólo se prometen que no les volverá a suceder, sino que redoblan sus esfuerzos por ser mejores cada día!
 
Ojalá que todos hiciéramos lo que soñamos cuando niños, para vivir la vida sintiéndonos orgullosos y felices por lo que hacemos.  “Trabajar” sería una palabra similar a “divertirse”, “relajarse”, “realizarse” y así como extrañamos estar con los que amamos, con pocos días alejados de nuestro trabajo lo extrañaríamos y, por supuesto, nuestros compañeros nos extrañarían también, porque aportamos algo al grupo y no seríamos como aquellos que su mayor esfuerzo en el trabajo es evadir la mayor cantidad de actividades que les sea posible, porque cada cosa les pesa y están allí sólo por el pago que reciben, quejándose cada mañana antes de ir a su trabajo o esperando con ansia la hora de salida.  ¡Quién no aprecia a los médicos que se desvelan por descifrar y vencer enfermedades, que lloran al perder a un paciente por falta de pericia y no sólo se prometen que no les volverá a suceder, sino que redoblan sus esfuerzos por ser mejores cada día!

Muchos guatemaltecos, aunque han visto documentales con las actividades diarias de soldados o películas donde se les muestra en diferentes circunstancias, no conocen lo que pasa por la mente de esos muchachos antes de ser soldados, durante su formación y mientras cumplen una misión que les asignan.   Así como hay buenos y malos en cada ocupación, también entre los soldados los hay.  Pero, que una película los muestre como estúpidos intransigentes, no justifica que a todos se les considere igual.  Es cuestión de sencilla lógica.  Si vemos un bombero cobarde ante una situación de peligro, seremos cortos de criterio si consideramos cobardes a todos los bomberos del mundo.  Entre los bomberos hay héroes y hay muchos que, teniendo el deseo de servir, no siempre superan sus temores, pero lo bueno es que están allí, para retarse a sí mismos y, si no lo han logrado, un día lograrán ser, para pocos o para muchos, lo que en realidad son: nuestros héroes.   De la misma manera, nuestros soldados, si los conocieramos como debe ser, comprenderíamos que, la mayoría de ellos, sin importar si son indígenas en un 100% o en un porcentaje menor, desde niños sintieron el llamado a esa ocupación, que basta pensar un poco o imaginarse en su lugar, para reconocer que la nobleza de su intención, el riesgo que implica y el triste sacrificio que muchas familias guatemaltecas lloraron y otras más, en largas noches de desvelo, temieron con el corazón entre las manos, rogando a Dios no recibir la fatal noticia.   El riesgo que vivieron nuestros soldados guatemaltecos era tal, que basta averiguar cuántas instituciones financieras estaban dispuestas a concederles un seguro de vida o autorizarles una tarjeta de crédito, porque una cosa era cierta para ellos y muchos que recuerdan esos días: La vida de nuestros soldados, no podía asegurarse.

No se trata de una historia relatada con riguroso orden cronológico ni aportando todos los detalles.  Nuestra mente, porque la memoria juega así, suele crear hilos basados en aspectos diferentes y recorren el tiempo mostrando un aspecto y luego, recordando otro detalle, nos lleva de nuevo en un recorrido completo observando el comportamiento del nuevo aspecto que nos viene a la mente.

Por supuesto que no faltará quien intente sugerir que lo que se dice insinúa lo que quiere creer, pero en realidad, sólo lo que se dice es lo que se puede tomar en cuenta y no lo que alguien suponga que se está insinuando.   No le busquen tres piés al gato, dirían las bisabuelitas.

Por eso les quiero contar esta historia, para que la sepan, especialmente los que no tienen el corazón envenenado por la desinformación que los exguerrilleros no han cesado de promover en más de 15 años después de la firma de la paz, usando el dinero de sus cómplices o el que toman de instituciones públicas a las que han llegado, porque no se puede pensar que lo han hecho con el fruto de su trabajo, porque su trabajo siempre ha sido promover el odio y rencor que llevan dentro y nunca entenderán que la mayoría de sus tragedias son el resultado de optar por la guerra sucia para lograr su propósito y por eso chocaron con nuestros soldados, esos muchachos que a pesar de su vida, estuvieron dispuestos y lograron frustrar su sanguinario intento.

 
 
En memoria de los soldados que dieron su vida por Guatemala
y de miles de humildes hogares que perdieron un ser querido defendiendo nuestra libertad: www.miEjercito.com
 
 
 
Cuando los guatemaltecos conozcan y valoren la verdad, la patria honrará a sus soldados diciendo: Gracias humilde soldado, porque diste tu vida por la libertad de tu pueblo.
 
Condenar de genocidio a un soldado de Guatemala, es condenarlos a todos, incluso a los que murieron a manos de los que hoy pretenden esta farsa de juicio.   No importa cuántos años tengan derrochando el dinero de sus cómplices con vallas publicitarias hablando de genocidio.  Tampoco importa cuán expertos sean para mentir dramáticamente, la verdad es que nuestros soldados eran indígenas y sólo en una mente enferma puede caber la idea que se les daría la orden de asesinar indígenas.  Decir que nuestros soldados obedecían la orden de asesinar indígenas o pobres, es insultar la inteligencia de los guatemaltecos que aman la verdad y la paz.
 
 
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